En circustancias normales este guardia civil no estrecharia la mano de un imputado.
Probablemente rechazaria el gesto de complicidad de quien se las tiene que ver con la Justicia. Oiga, que pretende, por que me saluda. Nada tengo que ver con usted. Siga adelante.
A decenas los ve diariamente cruzar esa puerta. Individuos desconocidos, de andar presuroso, aspecto grave. Ciudadanos sospechosos, reclamados por los jueces para dar alguna explicacion sobre comportamientos turbios.

Pero ahi le tienen. El brazo rendido. La sonrisa esforzada.
Camps le da la mano, que va a hacer el hombre, ¿rechazarla? Es el Presidente. Un ciudadano que tambien goza de la presuncion de inocencia. Le acompaña el Vicepresidente Segundo y la Alcaldesa de Valencia. Gente poderosa.
En una decima de segundo Camps le ha agarrado hasta el puño de la camisa. Y no ha llegado por la manga hasta el hombro porque tampoco le convienen los gestos excesivos.
El Presidente consigue una imagen de las muchas que fabrico ese dia. La imagen de quien esta con el orden, de quien se lleva bien con las fuerzas de seguridad, de quien nada tiene que temer.
Pero tambien consigue una imagen de la fuerza del orden del Estado de Derecho que se rinde ante el poder intimidatorio de quienes se consideran por encima de la ley.
Una imagen obscena.